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Con el tiempo aprendí que hay que creer en hechos y no en palabras

  • Foto del escritor: Patricia Livingston
    Patricia Livingston
  • 23 jun 2017
  • 2 Min. de lectura

Ciertamente, aunque resulta muy estimulante y gratificante escuchar aquellas palabras que nos resultan agradables, aquellas que demuestran amor, aquellas que nos hacen sentir seguros, importantes, que nos prometen poder contar con quienes queremos cerca, éstas están sujetas a cambios, pueden haber sido dichas sin el sustento necesario o en el peor escenario, haber sido mentiras.  El tiempo va mostrando que los hechos hablan por sí solos, que le restan importancia y validez a las palabras, que son el fundamento en los compromisos, que son las demostraciones más importantes de presencia, de ayuda, de amor, de interés, de desprecio, de falta de valoración. Los hechos son los que sacan la verdad a relucir. Solo a través de ellos podemos medir resultados y saber a ciencia cierta a qué atenernos o con qué contar.  Hay quienes prefieren los hechos acompañados de palabras, que les gusta almacenar en su mente eso a lo cual le dan valor, y está perfecto, las palabras nos alimentan, pero si los hechos no se manifiestan o se contradicen, pues la palabra deja de tener valor. En estos casos las palabras no son más que sonidos que se pierden, que generan frustración, rabia, soledad, decepción o desilusión. hombre-con-balanza (1)  Por eso deja que los hechos hablen… Si estos inclusive pueden mentir, pueden ser parte de una manipulación, pueden estar ejecutados esperando obtener algo a cambio, qué podemos esperar de las palabras, que son tan fácilmente expresables en momentos cargados de emoción, que pueden decirse por salir del paso o sin considerar mucho las consecuencias, quizás con las mejores intenciones, pero con pocas posibilidades de llevar de la palabra a la acción.  Esto no es solo aplicable a las personas que de una u otra forma interactúan con nosotros, también debemos aplicarlo a nosotros mismos, cuando nos decimos algo, más cuando estamos pensando en proyectos, en sueños, en cambios, debemos procurar que nuestras palabras estén sustentadas por hechos, acostumbrarnos a que nuestra palabra tiene un valor y es un compromiso que tendrá una acción asociada.  No es necesario volvernos escépticos, incrédulos, desconfiados, porque a través de esas actitudes, inconscientemente haremos un llamado al fraude, a la mentira, a reforzar esos pensamientos de desconfianza. Se trata de darle un valor justo a la palabra, considerando que debemos estar atentos a los hechos que den sentido a esas palabras.

Ciertamente, aunque resulta muy estimulante y gratificante escuchar aquellas palabras que nos resultan agradables, aquellas que demuestran amor, aquellas que nos hacen sentir seguros, importantes, que nos prometen poder contar con quienes queremos cerca, éstas están sujetas a cambios, pueden haber sido dichas sin el sustento necesario o en el peor escenario, haber sido mentiras.

El tiempo va mostrando que los hechos hablan por sí solos, que le restan importancia y validez a las palabras, que son el fundamento en los compromisos, que son las demostraciones más importantes de presencia, de ayuda, de amor, de interés, de desprecio, de falta de valoración. Los hechos son los que sacan la verdad a relucir. Solo a través de ellos podemos medir resultados y saber a ciencia cierta a qué atenernos o con qué contar.

Hay quienes prefieren los hechos acompañados de palabras, que les gusta almacenar en su mente eso a lo cual le dan valor, y está perfecto, las palabras nos alimentan, pero si los hechos no se manifiestan o se contradicen, pues la palabra deja de tener valor. En estos casos las palabras no son más que sonidos que se pierden, que generan frustración, rabia, soledad, decepción o desilusión.

Por eso deja que los hechos hablen… Si estos inclusive pueden mentir, pueden ser parte de una manipulación, pueden estar ejecutados esperando obtener algo a cambio, qué podemos esperar de las palabras, que son tan fácilmente expresables en momentos cargados de emoción, que pueden decirse por salir del paso o sin considerar mucho las consecuencias, quizás con las mejores intenciones, pero con pocas posibilidades de llevar de la palabra a la acción.

Esto no es solo aplicable a las personas que de una u otra forma interactúan con nosotros, también debemos aplicarlo a nosotros mismos, cuando nos decimos algo, más cuando estamos pensando en proyectos, en sueños, en cambios, debemos procurar que nuestras palabras estén sustentadas por hechos, acostumbrarnos a que nuestra palabra tiene un valor y es un compromiso que tendrá una acción asociada.

No es necesario volvernos escépticos, incrédulos, desconfiados, porque a través de esas actitudes, inconscientemente haremos un llamado al fraude, a la mentira, a reforzar esos pensamientos de desconfianza. Se trata de darle un valor justo a la palabra, considerando que debemos estar atentos a los hechos que den sentido a esas palabras.

Vía: RINCON DEL TIBET.

 
 
 
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